jueves, 24 de enero de 2019

'DieselGate' y gasolina

Comparto a continuación el artículo que el pasado 22 de enero de 2019 me publicó en Diario de Mallorca en su apartado de Tribuna. Espero sea de interés y que abra debate y reflexión.


Artículo en la versión papel


Con la política progresista en Balears y en España lo que ahora está de moda son las prohibiciones. En Movilidad toca ahora un DieselGate y, para qué quedarnos en eso, la gasolina: ¡la prohibimos también! Según este criterio, para ser respetuoso con el medio ambiente todo se reduce a una cosa: tener un coche cien por cien eléctrico.

Pero hay que detenerse en unas cuestiones previas: de un lado se obvia que el coche eléctrico, en su ciclo de vida, genera hoy día prácticamente el mismo CO2 que un diésel moderno. Y por otro lado se obvia también el hecho de que las energías renovables no son 100% verdes, pues entre otras cosas necesitan de sistemas para el almacenaje de la energía, baterías, cuyos componentes y fabricación sí que contaminan. Hay mucho marketing que alimenta esta ilusión, cuando la realidad es que el concepto "emisiones cero" es falso si tenemos en cuenta el montaje y construcción del vehículo, su consumo de electricidad a lo largo de su vida útil y su posterior proceso de desguace.

Con la política progresista en Balears y en España lo que ahora está de moda son las prohibiciones. En Movilidad toca ahora un DieselGate y, para qué quedarnos en eso, la gasolina: ¡la prohibimos también! Según este criterio, para ser respetuoso con el medio ambiente todo se reduce a una cosa: tener un coche cien por cien eléctrico.

Pero hay que detenerse en unas cuestiones previas: de un lado se obvia que el coche eléctrico, en su ciclo de vida, genera hoy día prácticamente el mismo CO2 que un diésel moderno. Y por otro lado se obvia también el hecho de que las energías renovables no son 100% verdes, pues entre otras cosas necesitan de sistemas para el almacenaje de la energía, baterías, cuyos componentes y fabricación sí que contaminan. Hay mucho marketing que alimenta esta ilusión, cuando la realidad es que el concepto "emisiones cero" es falso si tenemos en cuenta el montaje y construcción del vehículo, su consumo de electricidad a lo largo de su vida útil y su posterior proceso de desguace.

Por otro lado nada se dice de que entre el 65 y 78% de la contaminación en las grandes ciudades no es de los coches, sino que viene provocada por los sistemas de calefacción de los edificios, de carbón y gasoil principalmente. Sobre este tema no se toma ninguna medida, al menos que se sepa.

Hemos de recordar que no se han sustituido las fuentes tradicionales de energía con las que se crea la electricidad que habrá de alimentar estos vehículos. Un porcentaje muy elevado de la electricidad tiene su origen en la quema de combustibles sólidos (gasóleo, carbón) y la red eléctrica, en su forma de producir, no cambiará en los próximos 15 o 20 años como mínimo. Es cierto que el coche eléctrico no lleva tubo de escape, pero la electricidad con la que lo cargamos –en su producción– sí que provoca emisiones de CO2, no nos engañemos.

Nada se dice tampoco de la guerra por los "metales raros", tan necesarios en la construcción de componentes de los vehículos eléctricos para sus baterías y sistemas. Acierta el francés Guillaume Pitron en su libro La guerre des métaux rares, al decir que estos nuevos sistemas desplazan la contaminación al otro lado del mundo, pero no la eliminan.

En las jornadas sobre eMovilidad que realizó Diario de Mallorca hace breves fechas se añadieron algunas consideraciones más al respecto: tenemos un precio excesivamente caro del coche eléctrico básico (30.000 euros) frente a uno análogo de combustible (12.000 euros), su autonomía es aún muy corta, existen muchos problemas con la carga, que es lenta, con adaptadores diferentes, o la necesidad de reserva de plazas al lado de los cargadores de la vía pública, donde además conviven sistemas de pago diversos, etc. Son todo ello problemas subsanables, sin duda, pero que hoy por hoy no están plenamente superados, ni mucho menos.

Y por encima de todo esto está una cuestión, que el representante del sector de los concesionarios manifestó y que hace que nos topemos de bruces con una realidad inapelable: el 80% del coste del combustible que tanto criticamos resulta que son impuestos. Y sabemos que España es un país súper endeudado. Si hacemos desaparecer estos combustibles: ¿de dónde sacará el Estado los ingresos que necesita? Seguramente habrá de trasladar esa carga tributaria a lo eléctrico. Y aquí ya hablaremos de otros números, de otras cifras, de otros precios. Ya no saldrá tan "rentable" lo eléctrico.

El representante del fabricante de coches eléctricos Tesla fue más allá, lanzando la hipótesis de un 2030 sin vehículos de combustión, con aire limpio, con un 80% menos de flota de vehículos y la quiebra de las empresas que no se adapten. Realizó la reflexión cierta de que el 97% del tiempo nuestros coches están parados y el 78% de las veces viajan con un pasajero solo. Por eso defendía la tesis de que ello habría de provocar la irrupción de la conducción autónoma así como de plataformas de vehículo compartido, desapareciendo los atascos y recuperando el 80% del espacio urbano, con una disminución drástica de los accidentes de tráfico. La verdad es que todo eso sonaba muy bien.

Estoy convencido de las bondades del sistema de transporte eléctrico. Pero no es la panacea absoluta ni tampoco está maduro todavía. Entiendo por mi parte que no bastan la energía eólica y la solar por sí solas para sustituir los combustibles fósiles y los nucleares, meollo principal del tema. En mi opinión hay que impulsar la energía proveniente del mar, que es inagotable: la energía mareomotriz de las corrientes marinas y también la energía cinética de las olas, que son ya convertibles en energía eléctrica hoy. Y de esto nada se dice. El Govern del Pacte nada ha escrito sobre ello en sus diversos planes y leyes, como la del Cambio Climático o el de Movilidad Balear, que pretende tener antes de que acabe esta legislatura, que ya va tocando a su fin.

En lugar de apostar por ello para seguir en la senda del crecimiento sostenible, el Pacte decide prohibir la entrada de vehículos diésel para el 2025 y los gasolina para 2035. Ahí es nada.

Pero lo cierto es que no basta con prohibir, la vida no es tan simple. Quede dicho.



El enlace del artículo:

martes, 11 de diciembre de 2018

Juan Pérez, el explorador mallorquín que llegó más al norte que nadie


Juan José Pérez Hernández, marino español (Palma de Mallorca 1725, algún lugar del Pacífico 1775)

Mi artículo de diciembre Sección Botón de Ancla en #GacetaNáutica @nauticabal




Nació en el barrio palmesano de Santa Cruz y murió navegando en aguas del océano Pacífico tras numerosas travesías en las que se ganó la fama de ser el piloto más avezado de su tiempo

En el artículo de noviembre, sobre la campaña naval en la alta California que lideró Fray Junípero Serra, mencioné de pasada a un marino mallorquín sobre quien quiero detenerme ahora un poco. Se trata de Juan José Pérez Hernández (Palma de Mallorca, 1725 - algún lugar del Pacífico, 1775), oficial de la Real Armada española, nacido en la zona de la parroquia de la iglesia de Santa Cruz, conocida entonces como la Ribera de Palma, barrio marinero de Ciutat por excelencia, no en vano unos lustros antes allí mismo había nacido nuestro gran marino Antonio Barceló, Es Capità Toni, que llegó a ser Teniente General de la Real Armada y resaltando entre sus campañas el asedio a la aún hoy tristemente famosa colonia de Gibraltar.

Juan Pérez se formó como piloto de carrera y oficial de la Armada, tras lo cual sirvió con éxito en la llamada “Ruta de Filipinas”, que unía los lejanos puertos de Acapulco y Manila. Por tal motivo fue escogido para ayudar en la campaña de la Alta California y, si bien en realidad su rango en la marina era de Alférez graduado, el propio Fray Junípero Serra se refería al marino como “Capitán don Juan Pérez, comandante del paquebote San Antonio”. Tal era su pericia marinera que Fray Junípero lo describía así “en la travesía de La Paz a Monterrey, lejanas en más de 2.000 millas, debido al conocimiento que tenía de mareas y vientos el osado marino mallorquín, aunque salió un mes y medio después que el San Carlos, llegó a destino con el San Antonio veinte días antes”.

Uno de los hitos más relevantes de Juan Pérez fue el de navegar hacia la máxima latitud Norte conocida hasta la fecha, siguiendo las indicaciones que al efecto mandó Carlos III a fin de que se reconociera la costa en búsqueda de posibles asentamientos rusos, que se pensaba que la Zarina Catalina II la Grande había ordenado que se establecieran. Tal era el aprecio y respeto que consiguió este marino que el propio Virrey Revillagigedo escribió que era el escogido para esa tarea “por ser el piloto que con más acierto concluyó sus viajes”. En la expedición llegó a subir hasta las 55 grados de latitud Norte, concretamente hasta la bahía de Nutka. Lo sorprendente es que, además de sus tareas como marino, desarrolló una prolija actividad como etnógrafo, elaborando unos informes que han quedado como modelo de precisión de datos técnicos y proporcionando con ello grandes avances en el conocimiento de gentes y costumbres de las regiones exploradas.

Fiel a su estilo de vida, Juan Pérez dejó este mundo navegando, siendo su fallecimiento muy sentido por todos los que le acompañaban a bordo. Las honras por su fallecimiento no pudieron hacerse hasta un año más tarde, una vez que hubo regresado el barco a la misión de San Carlos. Cuentan las crónicas que fueron “con misa cantada y varias rezadas en atención a haber sido el descubridor de los puertos de San Diego y Monterrey”. Por el particular y distinguido mérito que caracterizó a Juan Pérez en la que fue su última expedición para explorar y conocer la costa de California Septentrional, el Rey firmó el 28 de febrero de 1776 un decreto por el que se le concedía a título póstumo el ascenso a Teniente de Fragata.

El enlace del artículo en la versión digital de Gaceta Náutica:


miércoles, 21 de noviembre de 2018

Campaña naval en la Alta California




España ya exploraba California en 1543 con el cartógrafo Juan Rodríguez Cabrillo, prosiguiendo en 1602 Sebastián Vizcaíno.

No hubo presencia española permanente por las grandes distancias, fuertes corrientes y vientos por mar y por el desierto de Sonora por tierra, hasta que Carlos III fue advertido de la presencia de rusos en Alaska (expedición de Vitus Bering en 1741).

José de Gálvez, visitador general, se encargó de impulsar los asentamientos. Muy eficaz fue Fray Junípero Serra. Ambos organizaron cuatro expediciones desde San Lucas: dos terrestres y dos marítimas, éstas con los paquebotes San Carlos (teniente de navío Vicente Vila) y San Antonio, alias «El Príncipe» (álférez de fragata Juan Pérez, mallorquín de la Ribera de Palma). A bordo iban oficiales, marineros, artesanos, soldados y frailes. También mulas, caballos y vacas.

La dureza fue extrema. De los 219 hombres, menos de cien sobrevivieron. Por mar, el San Carlos se quedó prácticamente sin marinería por el escorbuto. La travesía provocó un enorme desgaste en buques y material. En Crónicas del descubrimiento de la Alta California, (1769) se describe: «El San Carlos, como hubiese trabajado mucho en la mar forcejeando con los vientos, se le afloxaron, y escupió de las costuras alguna Estopa por donde venía haciendo agua(..) Se juzgó indispensable el darlo a la vanda, para descubrirle el costado y la quilla, operación que tenía su dificultad en un País poco menos que destituido de quanto se necesitaba para el efecto(..) Executose sin embargo acarolándola su S. Illma. con su presencia, y exemplo, y en menos de quince días recibió el Buque toda su carga, y quedando en disposición de hacerse a la Vela, se embarcó a la tropa, que consistía en veinte, y cinco Hombres de la Compañía Franca de Voluntarios de Cataluña, con su Teniente D. Pedro Fages»

Un 16 de julio de 1769, fondeados los dos buques en una bahía abrigada, decidieron fundar la primera misión, llamada San Diego de Alcalá (actual San Diego). Por la escasez de marineros, víveres y pertrechos, el San Antonio zarpó hacia San Blas, arribando después a San Diego con lo necesario. Con el padre Serra a bordo comenzaron la travesía rumbo a Monterrey y, tras 46 días, fundaron la segunda misión, San Carlos Borromeo. Se procedía siempre igual: en lugar adecuado se levantaba una capilla, cabañas para los frailes y un pequeño fortín. Por curiosidad los indígenas se acercaban, invitándoles a establecerse. Les instruían en agricultura, ganadería y albañilería, les proveían de semillas y animales y se les catequizaba. Aprendían oficios de carpintero y herrero. A las mujeres les enseñaban tareas de cocina, costura y confección de tejidos. 

Se instruía a los indigenas en agricultura, ganadería y albañilería, les proveían de semillas y animales y se les catequizabaSiguieron más singladuras de Juan Pérez al mando del San Antonio. En1771 transportó al resto de la expedición, destacando los misioneros mallorquines Francisco Dumetz, Luis Jaume, Miguel Pieras y Buenaventura Sitjar. Las navegaciones fueron penosas por las condiciones de mar y viento y las corrientes, de las que tomaron buena nota para travesías posteriores.

El padre Serra murió en 1784 en San Carlos Borromeo. Los indios le llamaban cariñosamente «el viejo». Asistieron más de 600 de ellos al sepelio. En el Capitolio tiene una estatua en su reconocimiento. 

Ahora la Universidad de Stanford (California) ha decidido retirar su nombre de la dirección oficial, de la residencia y de uno de los edificios. Lo hacen «porque es importante reconocer el daño hecho a la población indígena, que continúa afectando a los nativos americanos de la actual comunidad de Stanford». Pues nada.

El enlace del artículo en Gaceta Náutica:

http://www.gacetanautica.es/firmas.php?ln=01&fi=16#destino

Pues eso

-Artículo de Opinión Política/ diario digital "Mallorca Confidencial"-   El autor. Soy de los que piensa que siempre hay que trill...